viernes, 12 de octubre de 2018

"Veinticuatro horas en la vida de una mujer", de Stefan Zweig



Por Teresa Álvarez (*) 

Stefan Zweig (Viena, Austria-Hungría; 28 de noviembre de 1881 – Petrópolis, Brasil; 22 de febrero de 1942) fue un intelectual de gran talla moral y pacifista. Nació en la capital del Imperio Austro húngaro, viajó por Europa y América, se posicionó contra el rearme de Alemania en la primera guerra mundial y, convencido del imparable avance del nazismo en todo el mundo, se suicidó, junto con su segunda esposa, en 1942. Vivió en una dura y trascendental época, el final de una era, el inicio  de otra, y desde luego las dos guerras más crueles de la  Historia, en la que se abandonó el antiguo régimen, la monarquía, para pasar a la creación de nuevas y democráticas repúblicas en el viejo continente.

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Sin duda, su buena posición económica le permitió recorrer el mundo y abordar su carrera de filósofo y traductor, variables todas que le lanzaron a una selecta publicación de excelentes relatos y novelas, que, muestran una prosa cuidada, crítica y a la vez reflejo de la sociedad en la que vivió, así como un estilo de narración rápido y conciso, describiendo perfectos y definidos caracteres.

Aunque nacido en el sigo XIX, Zweig se desligó de la costumbre clásica, en la narrativa de hace 120 años, de publicar largas novelas con atormentados personajes, presos de la costumbre y la religión, especialmente  si eran ricos, pues el qué dirán regía las vidas de la gente incluso más que la ley o los preceptos religiosos.

Los protagonistas de este escritor, cuyos lectores crecen con cada nueva generación, son más ciudadanos que súbditos, más  libres que presos de la norma, ya sea escrita o no escrita, más originales que los personajes de otros autores contemporáneos suyos y sobre todo de los personajes de épocas anteriores. La mujer aparece así, como un ser humano de impredecible conducta, susceptible de caer en tentación o de evitarla, y también de buscar su propia felicidad en un camino incierto o de preferir la cómoda desgracia.

Este escritor austríaco rompió con la tónica decimonónica, ya sea romántica o naturalista, de exponer argumentos amorosos, patrióticos o políticos donde las clases sociales eran inamovibles y cada una tenía su lugar, jamás intercambiable.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer es una de sus excelentes novelas, donde los siguientes dos personajes tipo se exponen sin artificios: Por un lado, un joven jugador  empedernido, que es también un seductor, considerado por la sociedad de la peor ralea, tras su fachada de caballero encantador, ya que pervierte a señoras consideradas perdidas y también a virtuosas. Por otro, una dama intachable de la alta sociedad.

El estigma los acompaña a ambos, especialmente a la mujer, pues la opinión pública y privada de principios del siglo XX era sumamente estricta con la mitad de la población, y:

a) No contemplaba ni aprobaba el trabajo remunerado de las mujeres, y menos si eran de clase alta.

b) No planteaba, ni por lo más remoto, el abandono de la madre y esposa de su familia por un nuevo amor, condenando el escándalo y ensalzando el sufrimiento y la conformidad con el primer matrimonio, fuera o no dichoso.

c) Las mujeres no eran heroínas en las obras literarias por sus propios méritos, sino por su relación con los héroes masculinos.

Es una sociedad, la de las primeras décadas del siglo pasado, que no perdona la diferencia ni  el atrevimiento, pero, en esta obra el autor se desmarca de la misma, retratando fielmente el mundo que ve, consiguiendo:

a) Mantenerse al margen de los juicios, de las condenas sociales, incluso de la costumbre tácitamente aceptada de ensalzar el sacrificio, la sumisión a la norma, al comportamiento esperado, a la familia sacrosanta.

b) Dar un título y un argumento al libre comportamiento de una mujer, asuntos que  apenas aparecían en la literatura hasta ese momento.

Otros relatos del autor son: Castelo contra Calvino, María Antonieta , Américo Vespucio y Noche fantástica. Sus más célebres novelas son: Viaje al pasado, Novela de ajedrez y El mundo insomne.

Merece la pena leer sus obras, escritas en un estilo valiente  y dinámico, pues fotografían las contradicciones y miserias de la sociedad.



(*) Teresa Álvarez Olías es escritora y en el blog comenta- novelas.blogspot.com analiza las novelas que le parecen inolvidables.

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