sábado, 2 de marzo de 2019

Sobre la lectura

Por Teresa Álvarez (*)

Al aumentar la población y la formación de esta es lógico pensar que se leen y compran más libros cada año, pero nuestra sociedad es tan cambiante, que bien podía ocurrir lo contrario: que se lea cada vez menos. 

Interior del establecimiento La Librería (c/ Mayor, 80), editorial especializada en temas de Madrid. /FOTO: @Lalibreria 




Es muy fuerte el ingenio creativo de la literatura en español y la industria editorial de nuestro país siempre fue puntera, pero, tristemente, muchas de las editoriales consideradas célebres hace años, ya no existen o son gestionadas por empresas distintas de las que las fundaron. Por otra parte, tampoco se ven aquellas papelerías y librerías que vendían libros en los barrios, acercando los títulos famosos a los vecinos. Las librerías físicas se han reducido drásticamente y ser librero o librera ya no es el sueño de nadie, sin duda porque no es rentable. Amazon se ha convertido en el dispensador de libros más grande conocido. No solo ofrece miles de títulos de todos los géneros, sino que consigue ese que ya está descatalogado y que el lector no encuentra en ninguna otra parte. Con este gran coloso tenemos que convivir. 

Los libros usados se venden al peso en mercadillos y quienes los amamos no podemos dejar de sentir lástima por toda esa inteligencia apilada sin orden en el suelo de ferias y rastrillos, ofrecida a precio ínfimo, y a veces abandonada en contenedores de basura. Muchas bibliotecas aceptan donaciones de libros y ellas me resultan la mejor solución cuando ya no tenemos espacio para almacenar tantos volúmenes como a veces acaparamos. En un mundo en que los pisos de alquiler y la mudanza continua son moneda corriente, los libros, especialmente los ya leídos, son una carga que en numerosas ocasiones no podemos seguir llevando. Las grandes enciclopedias del siglo XX, sin embargo, no suelen ser aceptadas por la bibliotecas públicas, sin duda porque Internet está sustituyendo y actualizando toda la información que se almacenaba en esas enormes maquetaciones del saber, que eran de obligada consulta hace décadas para cualquier adolescente o joven que quisiera realizar un trabajo o ejercicio de clase. 

Los niños y niñas de entre 10 y 12 años leen con entusiasmo, sin duda por indicación expresa de colegios y familias, y es preciso aprovechar el tirón, para que esa magnífica costumbre no se pierda con el correr de los años. 

Aparentemente, cuando viajamos o caminamos por las calles, observamos escasos quioscos de prensa y pocas personas leyendo periódicos o libros. Las narraciones cortas, muy cortas, triunfan en Internet, así como la información breve en Twitter o Instagram. La consulta a Facebook o a cualquier otra red social a través del móvil es la práctica más común. Estimo que si los viajeros de transporte público leen algo en su teléfono, ya que la pasión auténtica es contestar al whatsapp, consultar aplicaciones o jugar, los conductores de su propio vehículo apenas pueden leer nada. Para estos y para todos aún nos queda la radio, en sus innumerables emisoras, donde resisten extraordinarios programas culturales sobre literatura, historia y ciencia, que impulsan a los oyentes a adquirir los libros que divulgan. 

Observo a más mujeres que hombres leyendo en las bibliotecas, en los autobuses, en los teatros, en las charlas culturales, incluso en las librerías físicas. También encuentro a más escritoras que escritores, aunque es posible que las estadísticas me contradigan. Estas indican claramente que los grandes premios literarios los ganan los escritores varones y en las editoriales son ellos quienes tienen la última palabra en la gestión de la empresa y en la elección de títulos publicables, por mucho que sean mujeres quienes leen los manuscritos, quienes los corrigen y quienes desarrollan la parte administrativa. Quiero creer que los editores entienden que las lectoras somos mayoría y apreciamos la útil pluma de las escritoras en lo que tiene de esfuerzo y acercamiento al olvidado universo de las mujeres, sin olvidar jamás las obras de los escritores hombres. 

Destaco la dotación y modernización de las bibliotecas en nuestro siglo. Ellas se han convertido en lugares de encuentro cultural de todas las generaciones y clases sociales. Los eventos que presentan van desde talleres de nuevas tecnologías a conferencias sobre historia y literatura de alto nivel, en una renovación espectacular de espacio, modos y ofertas. 

La lectura compagina bien con el visionado de series y el cine, incluso quizá también con Youtube. Un libro en papel se regala más que una obra en descarga digital, pero ambos soportes se mantienen y crecen poco a poco sus ventas. 

Es maravilloso el auge ascendente de la poesía, desgranada en Facebook día tras día. Los recitales poéticos se prodigan, así como las coediciones de varios poetas en un solo volumen. El libro de bolsillo, por otra parte, parece haber desaparecido, contemplándose un precio generalista de obras literarias que oscila entre 16 y 22 euros. Los premios de gran nivel económicos se mantienen, especialmente para la novela, destacando el Planeta, el Nadal, el Herralde, el Primavera y el Ateneo de Sevilla. 

Publicar una obra no es sencillo, pues no solamente hay muchos escritores y libros en el mercado, lo que creo, sinceramente que eleva, en general, el nivel literario, aunque las ventas disminuyan, sino que las modalidades de publicación se amplían a la clásica de hacerlo de la mano de una editorial (que puede cobrar o no cobrar al autor), hacerlo en coedición, en autoedición o en crowdfunding. Una amplia variedad de opciones es la que tienen los escritores para ver su obra publicada, casi tanto como los soportes en que se la pueden encontrar los lectores. Estos tienen la oportunidad de rescatar libros en algunas calles en la modalidad de bookcrossing, de comprarlos online o en una librería de calle, de sacarlos en préstamo, de pedirlos a un amigo, de buscarlos en su trastero o en sus estanterías. Pueden recomendarlos en las redes sociales o de viva voz, y este punto al que llegamos, el de la publicidad, es el más peculiar. 

Un escritor de renombre no se preocupa personalmente de anunciar su obra en los medios, pero, en el mundo de hoy, el escritor novel está obligado a ello, sepa o no cómo abordar el asunto. 

Leer siempre fue una aventura fascinante y cada vez lo será más, tras una crisis económica sin precedentes, que ha acabado con muchos sellos editoriales, agentes literarios, librerías y quioscos de prensa, pero de cuyas cenizas han surgido nuevos y numerosos clubs de lectura, cuñas radiofónicas, recomendaciones de influencers y expertos en márketing que promocionan novelas y poemarios con maestría. 

Adjunto información sobre el tema (El 40,3% de los españoles no lee nunca o casi nunca) y deseo que nunca nos falte una nueva obra literaria que leer.




(*) Teresa Álvarez Olías es escritora

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